Instalación, medición, despegue y consolidación. No se trata de la secuencia de un fenómeno físico -bien podría ser-, sino de las etapas que debe quemar una persona que quiera dedicarse a la política. Son los capítulos inexorables que tiene que atravesar cualquier dirigente para actuar en política (aunque algunos luego se convierten en profesionales que viven de ella). Por lo menos así era en el siglo pasado; hace muy poco de ello, cuando era importante la vida partidaria, con organizaciones políticas consolidadas como medios indispensables para la vida en sociedad, no como hoy que se han convertido en meras siglas que nacen y mueren acotadas al son de los tiempos electorales. La vida partidaria tenía internas con múltiples candidatos, se apoyaba en unidades básicas y comités que latían con tensión barrial, con plenarios de debates acalorados y hasta con golpes de puño; sin que faltara la asamblea que concluyera a los tiros y con heridos. Allí donde ayer había nervios, corazón y pasión ahora hay cálculos y conveniencias. En aquellos partidos, primero, se instalaban los aspirantes a políticos; en las internas medían sus chances, luego despegaban fronteras afuera y se consolidaban como dirigentes políticos con una ideología particular. Esa secuencia no era de un día para el otro, ni de un mes para el otro; requería años de esfuerzos. Hoy no. Todo eso se intenta cerrar en cada elección: la secuencia completa: instalación, medición y despegue.
¿Y la consolidación? Gracias a la reforma constitucional hoy varios pueden sobrevivir. Algunos de los "veteranos" saben que un trabajo territorial de años sirve para mantenerse un tiempo prolongado en el escenario político. Los "nuevos" aspiran a que en un curso intensivo se aprueben todas esas etapas y se instalen rápidamente. ¿Con vocación? Vaya uno a saber si los intereses van por lo político, lo social o lo material. De hecho, este tipo especial de "profesional" se arma a partir de la cantidad de recursos con los que cuente. Casi es una fórmula de base proporcional: más dinero, más chances. Entre los acoplados del oficialismo hay de todo, los que saben que los comicios -sin pasar ahora por internas partidarias- sirven a unos para instalarse y a otros para medirse. Entre los primeros están aquellos cuyos nombres aparecen en las boletas en segundos o terceros lugares para que resuenen sus apellidos y se posicionen para elecciones futuras. Entre los segundos están los que quieren saber cuánto "peso político" -medido en términos de votos- tienen realmente para pelear espacios de poder.
Sin embargo, en todos, hay hambre de instalación ya, de figurar ya, de ser reconocido ya. Los que ya pasaron por esa secuencia de ansiedad y han "volado fronteras afuera" de la estructura partidaria -el sistema de acople favoreció la desaparición de los límites partidarios e ideológicos y sólo apunta a los apellidos- buscan la consolidación. ¿Por vocación política? Ojalá sea así, para bien de la comunidad. En algunos puede estar presente la necesidad de dar respuestas desde el poder a los sectores desprotegidos socialmente, pero en otros, por la forma en que no quieren perder influencia vecinal, no parece que sea precisamente el bienestar general lo que los moviliza.
Menos cuando, para no perder esa influencia, las disputas se dirimen fuera de los plenarios partidarios -como otrora- sino en los barrios, y a los balazos -como otrora, pero en las asambleas de partidos-, poniendo en peligro vidas en los vecindarios. El mensaje que bajan estos ejemplos no es que "por vocación social" se agarran a los tiros, sino que "hay otra cosa detrás". ¿Qué? Antes se decía que la consolidación de un dirigente político le servía para no perder influencia, para ser un referente respetado y con poder territorial. Hoy, el poder territorial -ganado a como de lugar, según se observa en los últimos tiempos, especialmente entre las huestes alperovichistas- sirve para no perder influencia y mantener una cuota de poder.
Ahora bien, si el próximo puede ser el último mandato del gobernador, José Alperovich, y ya la tropa ya se le revela y anda a los tiros -sin hacer caso a la orden de evitar los choques-, imaginemos lo que puede ser la capital en 2015 sin la posibilidad de una tercera reelección. Es decir, sin un jefe, o sin un delfín fuerte. Nos animemos a una proyección: como todos querrán instalarse y consolidarse en cuestión de días, y teniendo en cuenta los ejemplos de hoy -que no descartan las balas para marcar el territorio-, la "lucha política" de 2015 seguramente será "a muerte". Dicho con ironía (¿vale un signo de pregunta final?).